viernes, 25 de noviembre de 2011

VAN MORRISON - ASTRAL WEEKS




El primer trabajo grande de Van Morrison tras dejar a los Them.
Por supuesto, en su primera entrega había cambiado radicalmente su música, con respecto a la que su ex agrupación ofrecía, pero es recién en éste álbum donde pone de manifiesto el cambio.
Morrison cuenta historias como un trovador, un juglar. Pero aquí modifica la naturaleza convencional del trovador, acompañádose de un fondo musical extraordinario, pleno de matices folk, pop, jazz y hasta música celta, que brillan por su belleza y acompañan perfectamente las letras evocativas y fuertemente espirituales del autor. Su poesía posee una gran carga de poderosas imágenes del entorno rural y suburbano de su Belfast natal.
Todo esto, sin mencionar el aporte innovador de Morrison al ser uno de los primeros en fusionar una canción de rock con acompañamiento de jazz y orquesta de vientos("The Way Young Lovers Do") pese a que el sonido general del disco rehúye cualquier afiliación directa con estilo musical alguno.
En resumen, uno de los discos más influyentes en el pop y folk-rock de todas las épocas.
Dale una sola vuelta al cd, y, de arranque, te enamorarás con el irresistible optimismo de la canción homónima.

lunes, 14 de noviembre de 2011

THE WHO - TOMMY




Desde la portada supe que me iba a gustar.

Apenas lo ví en oferta y en buena edición no lo dudé.

Aunque menos aclamado que otros trabajos suyos, 'Tommy' ocupa un lugar histórico en el catálogo de The Who. Es el momento en que concretan la visión fantástica de Pete Townshend...74 minutos parecen extensos, pero la banda le imprime suficiente magia para no perder el hilo.

El primer acorde del álbum descoloca a quien busca un disco afín al contexto rock de 1969. Es límpido, cristalino y cálido. Nada que ver con las locuras lisérgicas de las bandas en boga. "Overture" se beneficia de ese temprano shock y nos da la bienvenida con los brazos abiertos.

A medida que los tracks avanzan, se denota un patrón sónico recurrente (un conjunto de la perfectos riffs acústicos) el cual contrasta con el duro contenido lírico de la obra. Tommy resulta ser un niño que nunca debió nacer. Abuso infantil, adulterio, golpes en el colegio, vida callejera y demás desgracias se suceden, pero The Who logra lo impensable hasta entonces: que una banda pop maquille un concepto integral de gran carga dramática y cuyo valor musical sea equivalente al de la historia: finalmente, la primera ópera rock vio la luz.

Y una vez que pasamos al tema musical en sí, las bondades son muchas.
Entwistle y Moon, considerados como una de las mejores secciones rítmicas de la historia, dan cátedra acerca de cómo generar tensión en el background de un conjunto sonoro tan ambicioso, pleno de cambios súbitos de ritmo, teclados, múltiples capas de guitarras y voces que se alternan. Roger Daltrey, por ejemplo, me convence mucho más como cantante aquí. Es completamente mérito suyo el darle un tinte teatral a las interpretaciones y también brindarles un doble valor, en tanto musical como catalizadores de nostalgia. Es como volver nuevamente a nuestro tiempo de chicos y escuchar a los cuentacuentos en un auditorio añorado. Si no sientes nada en “Tommy Can You Hear Me?” entonces algo serio pasa en tu vida.
No puedo más que dejar al final al arquitecto del disco. Peter Townshend se luce aquí con un nutrido torrente de finos guitarreos y arreglos inéditos de teclados, vientos y cuerdas (“Amazing Journey”, “Sparks”, “Pinball Wizard”, “Acid Queen” y “I’m Free” lo prueban) que son como los personajes de una historia que no pareciera necesitar el respaldo lírico.

The Who, entonces, marca un eslabón entre décadas. El rock de los 60s demostró canalizar perfectamente los enormes talentos de multitud de músicos y lentamente se iba institucionalizando como el arte que el rock pretendió ser en la década siguiente. Es por eso que yo no considero a ‘Tommy’ como rock progresivo (como suelen hacerlo algunos), sino como uno de sus antecedentes inmediatos. Todavía se siente frescura. Posee el entusiasmo del explorador, no la pericia madura del historiador.

Y regresando a la portada del álbum, quizá sea una lectura particular mía, pero no dejo de relacionar los tormentos del niño protagonista con aquellos barrotes de una prisión perfecta: aquellos albergan los colores del cielo, las nubes y las siluetas de las aves. Es una paradoja.
La libertad creativa se volvía una obligación.

Sin embargo, los rostros del grupo aún asoman entre aquellos barrotes celestes. The Who aún tenía mucho por decir. Sacarían un grito de libertad enorme en 1971 y una obra maestra en 1973, con la cual cumplen su papel al cerrar su etapa como jóvenes en el mismo año donde las corporaciones absorben al rock y lo vencen como expresión espontánea y popular.

La historia de Tommy fue una premonición? WHO knows?

martes, 8 de noviembre de 2011

IRON MAIDEN - THE NUMBER OF THE BEAST




'The Number of the Beast' es el disco que yo considero como el menos interesante de la discografía ochentera de la Dama de Hierro. Digo menos interesante, no sólo porque los hits han sido expuestos públicamente hasta la saciedad y son de referencia obligada para cualquier conocedor o fan incipiente del metal, sino porque el puto disco está citado en TODOS LADOS como una obra maestra.

Para citar ejemplos, la intro de "The Number of the Beast", así como el aullido de harpía bestial de Dickinson son ya marca registrada del "sonido Maiden" y suele ser el elemento introductorio a la banda. Lo mismo va para la galopante sección rítmica de "Run to the Hills". Las líneas de bajo de Steve Harris representan un muestrario para el aspirante a músico de este género en particular. Pero a veces resulta ya cansador encontrarlos por todos lados.

Otro punto en contra es el particular enfoque melódico del álbum. A comparación de la fresca furia punkera de los dos primeros discos, del sonido épico del 'Piece of Mind', de la potencia marcial del 'Powerslave' o la majestuosidad del 'Seventh Son of a Seventh Son', el debut de Dickinson con Iron Maiden demuestra cierta ligereza.
"The Prisoner" es una canción larga, que no cala en mi interior, le falta dramatismo. "Invaders" se esfuerza demasiado en su visión apocalíptica y "Hallowed Be Thy Name", aunque muy buena, no está a la altura de otros temas épicos de la banda. Los riffs y fraseos guitarreros son bastante dinámicos, pero no transmiten esa urgencia metalera, ese feeling del cual los headbangers se ufanan.

Sin embargo, 'The Number of the Beast' también supuso un tremendo paso hacia adelante en temas de composición. Las canciones no se suelen extender más de lo debido. La sección rítmica, todavía con Clive Burr en batería, gana complejidad. Las guitarras de Smith y Murray canalizan su virtuosidad de forma mucho más clara, aprovechando los duelos solistas y las armonías a plenitud. Ya no hay elementos que sobren, ya no hay secciones que pasen al olvido o un sonido en proceso.

Pero es, sobre todo, el trabajo vocal el que le da un tremendo valor agregado.
A pesar de que la etapa con Paul Di Anno me encanta, jamás Iron Maiden hubiera logrado el poderoso impacto del lamento de "Children of the Damned" sin el registro vocal de Dickinson. El vértigo de "22 Acacia Avenue" también se ve fortalecido por tal cualidad. Y estoy hablando de 2 de los mejores temas de una de los grupos más emblemáticos del movimiento. Aquél que grabaría su nombre de manera eterna en la lápida del panteón de los héroes del número de la bestia. Una lápida cuya tumba esta vacía, ya que Eddie es inmortal, así como el legado de la banda.

Y como decía antes, éste es el disco menos interesante de su mejor período, pero eso no significa que sea el de menor nivel. Y cuando hablamos de los estándares de la Dama de Hierro, estamos hablando de palabras mayores.